El placer de mentir
No deja de ser chocante, en cincuenta años de convivencia no has tenido tiempo, y ahora, cuando la vida se te escapa, en el último minuto, me miras con una dulzura que ya ni recordaba y sonríes. No es que no me guste tu sonrisa, pero viéndote así, me cuesta creer que tu silencio de hoy, no será como otros, temporal y pasajero. Tienes la misma sonrisa guasona de aquel muchacho de diecisiete años, que me miraba de reojo cuando venía a dejar el correo en casa de mis padres, el que se sonrojaba cuando mi hermano, le tomaba el pelo diciéndole que sólo admitiría cuñados de ojos azules y parlanchines.
Sí, tienes la misma sonrisa que el día que te dije que sí, para serte franca, aún hoy, cincuenta años después, no he logrado comprender qué te hizo tanta gracia, porque a mí no me hizo ni pizca…ese fue el primer silencio hiriente de una larga lista. Nunca antes te lo había dicho, no al menos con la claridad que hoy lo haré, porque a fin de cuentas, mis palabras ya no pueden lastimarte. Siempre creí que sería un día especial, uno de esos que recuerdas por la magia y encanto del momento; algo que poder contar a mis hijas y mis nietas, al igual que mi madre y mi abuela me lo contaron a mí. Pero no, tu aparente indiferencia se llevó de un plumazo mis sueños de adolescente, dejándome sin el dulce recuerdo que toda mujer guarda de un momento tan especial. Y no sólo eso, ya que nunca pude contárselo ni siquiera a mi madre, conociéndola, ya puedes imaginar la de veces que intentó sonsacarme, y yo muda, con sonrisa forzada y cara de felicidad, cualquier cosa para no ser la comidilla de todas ellas.
Lo que ni siquiera imaginas y pienso contarte igualmente, es que con el tiempo decidí dejar de sentirme mal por tu parquedad, y sí, describí a las niñas el momento con todo lujo de detalles. Me sobraron años para llenar una página en blanco, y puesto que era mía la adorné a mi gusto; no debió quedarme nada mal, porque tus nietas cuando se aburren siempre me dicen lo mismo: abuela, cuéntanos cómo se te declaró el abuelo. Y yo se lo cuento encantada, más faltaría. Ya ves, al final hasta te he hecho un favor que no mereces; ahora todas piensan que eras poco menos el príncipe azul con el que toda muchacha sueña…para que luego digan que la mentira acarrea sin sabores.
Autora:
Chelo Berenguer
País: España
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La negra duda de un café
La noche había sido larga -me dijiste-, amaneciste con el alba y allí estabas, esperando su llegada; sentado en el sillón azul, viejo amigo que tantas veces os envolvió en cálido abrazo, en cambio otras, soportó a tu lado las densas horas de aplastante soledad y sábana fría. En la estancia, suspendidas, como valiosísimos recuerdos, pululaban preguntas sin respuestas, mientras en tu mano, sostenida, la negra duda de un café.
El Café es una duda negra que mancilla el alma -afirmabas-; que las cosas no son como parecen y todos tenemos un yo desdoblado para poder resistir los envites de la vida; que a la esperanza la viste el azar con túnica de burla, una quimera para aquellos cuya cándida condición, han de acogerse a algo para sostener sus lineales, vacías y monótonas existencias.
Nunca dijiste que fuera fácil vivir sin esperanza, porque las vidas truncadas no entraban es tu lista, no, ésas no pasaban de ser meros esbozos de una obra inconclusa. Tú nunca comulgaste con la intermitencia de lo inacabado, sólo el concepto te exasperaba. Nunca dejaste nada a medias, ni siquiera tu propia vida, a pesar de los escollos que a modo de prueba hallaste en el camino, nunca te llevaron a dar un traspié.
Te divertiste bailando con la vida, y desafiante la miraste cara a cara; bebiste los soles más dorados, las lunas de miel y las de hiel. A la mar arrojaste las penas del alma, y en noches de calma chicha, te sorprendió el amanecer contando soledades. En los momentos más ácidos el brillo de tus ojos se sostuvo, y entre cháchara y cháchara, alzaste hábilmente el ánimo de todo aquel que llamó a tu puerta.
No podría decirse que la vida te sonriera, más bien y para no faltar a la verdad, te la encontraste en una esquina de pura casualidad, con sonrisa pícara la miraste de reojo y sin pedirle permiso te la metiste en el bolsillo. Con la suerte de tu lado y las consiguientes ventajas que ello conlleva, empezaste a ver al mundo desde otra perspectiva, y el mundo lógicamente comenzó a mirarte de reojo.
Señores- solías decir con el mismo tono solemne de quién se dispone a anunciar una hecatombe, vaticinar un hecho de vital importancia para el mundo, o descubrirnos el misterio de la creación - ¿Creen ustedes que la suerte es mera casualidad, o por el contario se trata de causalidad? Ante la diversidad de opiniones fruncías el ceño arqueando la ceja izquierda, te tomabas unos minutos antes de intervenir y con el mismo tono solemne lanzabas la frase…"Señores, lamento decirles que están en un error, la suerte como tantas otras cosas en esta vida se la labra el individuo y por tanto, es fruto únicamente de la causalidad". Arreglándote el cabello esbozabas esa media sonrisa que tanto te favorecía, me mirabas fijamente, diciéndome desde el silencio: -"prepárate, que tenemos tertulia para rato".
Esta noche fría y húmeda, el ambiente huele a tierra mojada y a otoño, que como todos, ha dejado su huella de hojarasca en el jardín. Enciendo una cerilla para prender la chimenea y tu recuerdo me asalta nuevamente, con un toque de nostalgia en esta hora de forzosa soledad. En el alma me han salido telarañas y el desván de mi memoria está repleto de recuerdos, entre los que ineludiblemente te encuentras.
Añoro aquellas tertulias que tanto te gustaban, tu voz parsimoniosa y grave, la mirada serena que tantas veces contemplé, esa media sonrisa que te daba un toque de hombre interesante, y la sensualidad con la que después de arquear la ceja, te apartabas el flequillo de la cara. También echo de menos las discusiones que solíamos mantener, tus bromas, tus broncas, el olor a tabaco y café…negra duda que nunca llegaste a descifrar.
Lamento tu infructuosa espera, tu dolor por una llegada que aún hoy, pasados casi dos años sigues esperando. Tú, que a boca llena manifestaste un día, que la esperanza es sólo una quimera, a la que los cándidos se acogen para sobrellevar la oquedad de sus vidas. Se diría que ciertamente la viste el azar, con túnica de burla para tu desgracia. Porque eso es lo que ha sido, una burla grotesca y descarada, a la que yo, lamentablemente y sin pretenderlo, he contribuido. No tuve valor para decirte la verdad, y de todos modos, dudo mucho que me hubieras creído.
¿Cuántas veces me dijiste que antes de hablar, pensara si lo que tenía que decir era más bello que un silencio? ¿Cuántas que las cosas no son lo que parecen? ¿Cuántas que nosotras, las mujeres, padecíamos de incontinencia verbal? ¿Cuántas, que el critiqueo y la envidia nos convierten en perversas?
Pero también me dijiste que a calzón quitado se cantan las verdades, y eso querido mío, es lo que voy a hacer aunque me pese, porque alguien como tú no merece que le paguen con engaños y miserias. De todos modos, como acertadamente me dijiste una tarde, nadie puede poseernos, porque libres nacimos y libres somos por naturaleza.
Fue ella, tu querida esposa, la que diestra en la palabra y de ágil pensamiento, calló y eligió la belleza de un silencio. La misma que haciendo caso de tus sabios consejos se contuvo, por aquello de cubrirse las espaldas y no incurrir en la incontinencia.
Y sí, nada es lo que parece, querido mío, ni siquiera ella, tu amadísima esposa, la perfección hecha mujer, la de cándida mirada y grácil sonrisa, aquella a la que por no tener otro dios adorabas, la que te costó una fortuna en "modelitos" que nunca estrenó. ¿Recuerdas cuándo me decías, que la pobre andaba apenada, porque a causa de la báscula no los pudo estrenar? ¿Recuerdas que corrías a comprarle otro de su talla para devolverle a la pobrecilla la sonrisa?...Estrenarlos los estrenó todos, otra cosa es que los luciera para ti, y lo de "pobre" vamos a dejarlo para cuando venga al caso.
Una mujer que navega entre dos aguas, yace en dos lechos, y saquea a dos hombres a la vez sin sentir el menor remordimiento…tiene muchos calificativos que la definan, pero lo de "pobre" le queda un poco grande.
No, no tuerzas la boca ni abras los ojos haciéndote el sorprendido que nos conocemos, nos conocemos y sé que no te coge de nuevas lo que te he contado; no busques razones ocultas que envenenen mis palabras, porque no soy yo la víbora.
Demuestra esa inteligencia de la que haces gala y piensa, discierne en lugar de conjeturar, abre de una vez los ojos y verás cuál de las dos te ha amado más. No te hagas el azorado que no tienes quince años y siempre lo has intuido. Sí, te amo, te he amado siempre, pero yo, al contrario que aquella que te juró en vano amor eterno, he estado a tu lado; desde la sombra y en silencio, pero a tu lado.
Muchas veces pensé en bajarte de la nube, provocar que vieras con tus propios ojos, lo que ha sido la comidilla de todos en los últimos años. Sí, quise que la vieras bajar del apartamento de su amante, con uno de esos trajes que según ella nunca estrenó. Me detuvo saber que te rompería el corazón, conociéndola, poco habría tardado en convencerte de que venía de casa de una amiga, y lo mío no sería más que un ataque de celos, con el único propósito de alejarte de ella.
Deja de lamentarte y esperarla que no volverá, según me han dicho, vive en un apartamento de lujo, con un hombre que calza un mercedes, mide 1.80 y al parecer, tiene la cartera abultada. Ya no lloriquea por un vestido estupendo, ha cambiado el Corte Inglés por las creaciones de los mejores modistos, y se pavonea por el Westin encaramada a unos "manolos", y luciendo joyas de Cartier.
Ódiame si quieres pero deja de sufrir por una mujer que no lo merece, rehaz tu vida y vive, con y dónde quieras, pero vive.
Y la próxima vez, muestra un poco más de tino a la hora de enamorarte, porque ésta, con todas sus zalamerías y un cuerpo escultural… te ha salido un poco pendón.
Sé feliz, querido mío.
Yo.
Autora:
Chelo Berenguer
País: España
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